martes, 10 de febrero de 2015

Ruido o luz

Ruido o luz
Ruido o luz. Ernesto Suárez, Daniel Bellón y Carlos Bruno. Amargord Ediciones. 


     Lo primero que quisiera resaltar de este poemario, Ruido o luz, es su generación como obra colectiva o, si se prefiere, de autor colectivo. En efecto, se trata de la particular conjunción creativa de Ernesto Suárez, Daniel Bellón y Carlos Bruno. Tres poetas que portan, a sus espaldas, una trayectoria específica y que se han vinculado en varias ocasiones para realizar proyectos como el de Cartonera Island, la revista La casa transparente o las ediciones de La calle de la costa. Lo interesante es, pues, que hayan decidido abolir su autoría individual para favorecer una creatividad del hallazgo común. En nuestras sociedades del hiperindividualismo -donde la conciencia narcisista ha sustituido a la conciencia política, para decirlo con palabras del filósofo Gilles Lipovetsky-, en las que la nutrición del ego está a la orden del día, una obra colectiva trabada a ratos por la amistad, las alianzas fortuitas o premeditadas, implica una crítica y un rescate. El de la idea del arte como fenómeno compartido.


     Ruido o luz se divide en cuatro secciones más un prólogo y un epílogo. El poemario se organiza de tal modo que existen unos hilos conductores principales que atraviesan las cuatro secciones, y unos hilos conductores secundarios, propios de cada una de ellas. Se observa una pulsión primera que late bajo todo el poemario de diálogo y comunicación del poema con el universo discursivo de las ciencias, especialmente con la cosmología. Ya en el poema-prólogo se visualiza una imagen paradigmática: los niños contemplan las estrellas hoy, bajo la cúpula de un planetario, como nuestros antepasados en plena noche. Observación que instauraría el asombro primigenio ante la inmensidad del cosmos, donde esos niños “Sólo ven puntos / desordenados”.

     Esta impronta de la cosmología es más palpable en la primera parte del poemario titulada Luz y sombras. Así, asistimos a la “extraña condición” que supone el lanzamiento del telescopio espacial Hubble (Tras el azul) o a la constatación de que nos cruza el zumbido de la radiación que proviene del origen y, por ello, podemos considerarnos “hijos de la detonación” (Aún más al fondo de ese fondo de microondas). Los hitos que nos desvela la ciencia como un componente mágico y fascinante.

     En la segunda parte, Pérsicos, se suma el referente de Omar Jayyam, quien fuera poeta, matemático y astrónomo. Podríamos decir que es un alusión ineludible en cuanto tiene de convergencia de lo poético, y de lo humanístico en general, con las ciencias, sirviendo así de puente entre lo que el físico Charles Percy Snow llamara las dos culturas. Se sitúan estos poemas bajo la advocación del autor de las Rubaiyatas (y de su vertiente vitalista y exaltadora del goce y el conocimiento) y en ellos también encontramos una reflexión crítica sobre el fundamentalismo. Los tiempos y los espacios se entreveran: la voz poética que corresponde al astrónomo sirve como puente para reflexionar sobre nuestro presente. En efecto, el astrónomo bebe “para olvidar las noticias que llegan / de Bagdad bombardeada”. A partir de aquí, precisamente, otro de los hilos conductores del poemario será cierta noción crítica que, al tiempo que vindica la diversidad cultural que caracteriza al animal humano, señaliza aspectos nefandos como la explotación asociada a la extracción en minas de diamantes o el cambio climático, por ejemplo.

     En la cuarta parte, Rotaciones y traslaciones, los poetas introducen reflexiones sobre el ser humano a través de la mezcla de aspectos mitológicos, con un naturalismo que nos lleva desde el resto de seres vivos al propio hombre.

     En Ruido o luz existe una voluntad de concurrir en el espacio de la autoría que se traslada no solo a la temática de los textos, sino también a su lenguaje. Cierto es que pueden identificarse algunos tics propios de la voz de cada uno de los poetas, pero el grado de confluencia es mayor y viene dado por la concisión expresiva, la transparencia, y la relevancia de las pausas y elipsis. En ocasiones, se introducen vetas de narrativismo o de amplios fragmentos de naturaleza descriptiva, pero el eje de gravedad de los poemas suele ubicarse en el maridaje entre esa concisión de la que he hablado y la fulguración sutil. Un extrañamiento que deriva, en muchas ocasiones, de algo que podríamos referir como una estructura bimodal sorpresiva: los fragmentos descriptivos-narrativos suelen desarrollar un aspecto de naturaleza científica para, a determinada altura del poema -cerca del final- cambiar el sujeto o la enunciación de manera que se establece un enfoque distinto. Esta forma de proceder puede verificarse, si se me permiten los términos, tanto en sentido inductivo como deductivo. Quiero decir: o bien se inicia el poema con una enunciación de carácter reflexivo o científico sobre algún aspecto del universo para terminar incurriendo en lo concreto y personal, o principia con la enunciación científica particular para arribar a una generalización abstracta de mayor hondura.

     Cada texto concluye con una coordenada alusiva a distintos lugares del globo terrestre. Estas coordenadas configuran un itinerario relacionado con cada poema, pero observadas en conjunto refuerzan una de las nociones que deriva de la lectura de Ruido o luz. Todos los seres humanos han visto a lo largo de sus vidas las estrellas impresas sobre la bóveda celeste. Nuestros antepasados aprendieron a utilizarlas como guía de navegación. De contemplarlas a simple vista hemos pasado a radiografiar sus entrañas mediante avanzados instrumentos tecnológicos. Existe, pues, un hermanamiento en el universal humano a través de esta visualización común a toda nuestra especie. Las coordenadas representan, también, hitos de las equivalencias de las culturas humanas, de sus similitudes y singularidades. No está de más recordar que se sitúan al final de los versos casi como los datos grabados en los discos de oro de las sondas Voyager: para dar testimonio de la estela de nuestro acontecer.


     El volumen se cierra con un poema que nos refiere la “levedad en el rigor” del paso de los ciervos celestes, entes mitológicos de los que Borges, en El libro de los seres imaginarios, nos informa que viven en subterráneos y que engañan a los mineros para poder salir a la superficie. El poema concluye que esa “levedad en el rigor” procede de manera análoga a “la mudez sonora del mundo”. La mudez sonora del mundo: en su aparente silencio u oscuridad, el universo no deja de emitir signos, sean ruido o luz. Vale decir: información. ¿Acaso, como escribieron los físicos Seth Lloyd y Jack Ng en un artículo sobre computación en agujeros negros, el Universo se computa -procesa- a sí mismo, se piensa mientras se despliega en el espaciotiempo? 

Reseña sobre Ruido o luz en El Perseguidor

El presente artículo apareció publicado originalmente en el suplemento cultural El Perseguidor, del periódico Diario de Avisos, el domingo 1 de febrero de 2015.
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